La búsqueda de la felicidad atraviesa culturas, épocas y generaciones, y suele manifestarse en los detalles más insólitos de la vida cotidiana. En Argentina, ese anhelo adopta formas inesperadas: una camiseta del Che, otra de Evita o una de Ringo Starr pueden convertirse en símbolos de deseo y disfrute. En ese universo, donde la reflexión y el absurdo conviven, Pedro Saborido encuentra el escenario ideal para desplegar su mirada.
Una historia de la felicidad
En Una historia de la felicidad, Saborido reúne relatos en los que el humor y la observación social se entrelazan, a la vez que explora el universo de los deseos y las pequeñas alegrías. El libro reúne historias en las que un oficial retirado repiensa a Borges y una politóloga enseña relajación con conciencia histórica y cantos de hinchada con precisión quirúrgica. Estos son solo algunos de los personajes y situaciones que pueblan estas páginas y que Saborido despliega entre la sátira y la ternura, con la mirada aguda que lo caracteriza.
El autor guionista, escritor y humorista invita a pensar la vida cotidiana y la identidad local desde la risa y la reflexión, trazando un recorrido singular por los laberintos de la felicidad.
Política y felicidad 1
Si hay algo perfecto y no lo tengo,
para mí es imperfecto.
Porque no lo tengo.
Ringo Starr
Disidencias entre quienes parecen ser solo conformistas y aquellos que no lo son, y la posibilidad de vivir en el territorio demarcado por ellos.
LO POSIBLE Y LO IDEAL
Otra vez las remeras
Si alguien usa una remera con la cara de su ídolo estampada, tiene que saber que estas remeras a veces se ponen a hablar. Sin distinción de que sea la cara de Mick Jagger, de Jim Morrison o de Lali Espósito. O del Che Guevara. De este fenómeno ya se han escrito muchos testimonios.
Este asunto volvió a pasar con una remera del Che que tenía puesta un tal Felipe. El muchacho había ido a una fiesta con otros universitarios, muchos de ellos politizados. La estaban pasando bien. Había unos cuantos estudiantes de Ciencias Políticas y se escuchó la palabra ‘clivaje’ varias veces.
Y de pronto, la remera del Che (vamos a decirle así, pero en realidad era la cara estampada del Che en una remera) empezó a hablar, como dando un discurso.
Remera del Che de Felipe: Entiendo por qué muchos acá tienen puesta una remera de mí… Todos en la fiesta dejaron de hablar al escuchar esa voz de acento semicubano. Quedaron entre fascinados y temerosos. Pero siguieron escuchando.
Remera del Che de Felipe: Tener puesta una remera de mí puede generarles orgullo y bienestar. Porque reafirma identidad y valores. Es reconocerse en una causa colectiva. Y eso da una forma de felicidad profunda.
Muchos de los que tenían remeras de Lennon, Maradona o Bob Marley movían sus cabecitas (las suyas, pero también se movían las cabecitas de sus remeras) en señal de reafirmación y autoestima al sentirse identificados.
Una chica con una remera de Beatriz Sarlo no sabía muy bien qué hacer. La remera del Che de Felipe (o el Che de la remera) siguió, pero con un giro en su actitud.
Remera del Che de Felipe (más intenso): ¡Pero no se engañen! Esa felicidad es efímera y cómoda. La verdadera felicidad, la auténtica felicidad, no se compra ni se viste. ¡Se gana con esfuerzo, con sacrificio y con revolución!
Una remera de Luca Prodan miró a otra remera del Che (un tal Maxi la tenía puesta) y esta empezó a mirar para otro lado, como diciendo “yo no tengo nada que ver con ese Che, no soy tan tan tan bolche”.
Otras caras en remeras empezaron a murmurar. Pero el discurso aleccionador siguió:
Remera del Che de Felipe: No dejen que su alegría se base en cerveza y sándwiches de chorizo y hamburguesas industrializadas. Dejen ya esta felicidad espuria y burguesa. ¡El hombre nuevo no se construye con papas Lays! ¡Al chizito… atrás, atrás, atrás!